El consejo de
nigromantes de la gran empresa conjura en su ceremonia industrial a los
espíritus de la persuasión. Los entes acuden a la invocación creativa. Los
nigromantes los condensan en un hechizo publicitario disfrazado de obra de entretenimiento
o de informativo. El encantamiento, cargado con las fuerzas del convencimiento,
se libera desde la pantalla tecnológica. Los espíritus, representantes de
intereses comerciales, se abalanzan enrabiados hacia la mente espectadora. Con
su apariencia de inocencia, neutralizan sus recursos racionales; con sus
promesas de placer inminente, la embelesan; con sus espectáculos de circo
psicodélico, la hipnotizan. Así logran introducirse en el núcleo neuronal,
donde inyectan su néctar cultural y se instalan como moradores metafísicos. Se
apoderan de la conciencia, la poseen. Ahora detentan fragmentos de poder. Manipulan
sus conexiones ideológicas: condicionan la interpretación de la realidad,
influyen en las tomas de decisiones, confunden los deseos y las necesidades.

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