Me iba
aposentar tan plácidamente cuando comenzó el maldito tono de papá en el móvil:
que tenía que presentarme en el Escorial lo antes posible, que tenía una
reunión con el mexicano Marlo Slick, el supuesto hombre más rico del mundo, y
no me lo podía perder. No me agradaban mucho las amistades de Papá, pero
siempre me gustaba ir al Escorial. Me planté en breve en la entrada del
imponente monasterio y allí estaba la cuadrilla, el rico, Papá, y sendos
escoltas. Como siempre Papá practicando los principios de cortesía
conversacionales de forma ortodoxa: en crsitiano: adulando al personal. Papá
estudiaba técnicas escénicas en una academia de drama para ser mejor
comunicador: era tan bueno en este arte que escenificaba durante todo el día,
durante todo momento, lo cual a veces le hacía meter la pata en la charca del
ridículo. Me presentó al tal Slim, que en principio no me hizo ni caso, pero
luego, para mi desgracia, fui captando su atención. Era hombre un fornido que
parecía encarnar a un animal mitológico postmoderno: rostro de ave rapaz,
cuerpo porcino, rasgos y ademanes ecuestres. Luego descubriría que los
similares con el buitre no eran fortuitos: era uno de los hombres más carroñeros
con los que me Papá se codeaba, que no es poco decir.
Una vez
agotados los protocolos básicos, empezaron a entrar en materia:
- Llevamos años cosechando –decía Papá
mientras con la cabeza muy alta y gesticulando con manos, brazos y piernas - Por fin los frutos empiezan a estar maduros.
Hemos endeudado al Estado hasta las entrañas, y ha sido muy divertido: vivimos
por encima de sus posibilidades. Ahora para pagar los préstamos, aunque nunca
se podrán pagar completamente, hay que vender todo lo que el Estado posee. Dentro
de un año se sacarán a subasta unas partidas de privatizaciones muy suculentas.
-Señor Peiró – Interrumpió Slim con su
voz vibrante como un timbre de edificio – No
he venido de México para que me hable sobre lo bien que han hecho su trabajo en
el Gobierno, ya estoy al tanto de todo. No me andaré con circunloquios: mi deseo es comprar ya mismo. Mis fondos de
inversión están ardiendo en mis bolsillos, y no me parece prudente esperar a que
vengan nuevos compradores. Levantó los brazos como símbolo de razonamiento
aplastante, lo cual nos dio lugar para saborear un hedor a chotuno nada desestimable.
- Comprendo su deseo de anticiparse como
comprador, pero comprenda usted que no es tan sencillo acelerar el proceso - . Afirmaba
Papá armonizando sus palabras con, lo que él pensaba, equivalentes movimientos
corporales. - La opinión pública no lo
aceptaría tan fácilmente, resultaría escandaloso. Supongo que también estará al
tanto de las protestas que se están sucediendo en el país.
- Venga señor Peiró, habla usted como si no
fuera de los hombres más poderosos del país -. Para nuestro alivio, el
señor Slim no acostumbraba a despegar los brazos de las axilas gratuitamente,
seguramente por economía física, ya que cada brazo suyo eran dos piernas mías. - Además, su gente ya se está encargando de derrocar al principal
movimiento de lucha social de la historia de España, el movimiento minero. Ya
no hay por qué preocuparse. Le voy a dar
un consejo que seguro que usted ya tiene en cuenta, si la opinión pública le da
problemas, déle usted problemas materia para distraerse: invierta en sus
equipos de fútbol, abra las puertas a las drogas y a las bandas callejeras: El
imperio romano se fortaleció gracias al pan y al circo, el imperio global
necesita pan, circo e inestabilidad. A México por ejemplo le funciona a pedir
-. Dejó de caminar, se sacó del bolsillo de la camisa una caja puros, nos
ofreció uno a cada sin éxito, y aspiró la primera calada, impresionantemente
profunda: Mi propuesta es la siguiente:
usted me vende a buen precio hospitales que funcionen, yo le pagaré lo que
cuesten y le daré una buena propina, además como obsequio y muestra de cariño
le proporcionaré un avión para que disfrute de autonomía espacial -. Soltó
tanto humo que estaba seguro de que saltarían las alarmas de incendio. No fue
así, no debían de funcionar.
Yo iba
escuchando sin darle ninguna trascendencia al asunto, estaba acostumbrado a los
tejemanejes de Papá, y de hecho los aborrecía moderadamente. Pero Papá estaba
dispuesto a ser un gran mandatario global, y yo estaba condenado a ser
arrastrado por él. De momento Slim rompió el fluir de la conversación y, entre
la nube de humo que nos acompañaba y envolvía, centró su mirada de ave rapaz en
mis ojos: yo puse cara de pasmado, no comprendía por qué tenía que ser yo el
centro de atención de un magnate financiero de tal envergadura, financiera y
física. Supuse que estaría sospechando de mí, todos los magnates desconfían de
todo lo que se les topa por en medio. Prosiguió la conversación pero Slim había
cambiado su actitud: seguía el hilo del tema y a la par, ante mi asombro, me
escudriñaba de arriba abajo una y otra vez. Yo me encomendaba a los Dioses para
que no me implicase en la conversación, y supongo que Papá más todavía, ya que
mis antecedentes en materia de relaciones con los amigotes de Papá me brindaban
un expediente demasiado turbio: era maestro en delatar involuntariamente las
traiciones de Papá, una vez le dije a un cliente que venía a comprar armas para
proteger el gobierno islamista de Siria que el pedido que enviamos el día
anterior a Siria había sido mucho mayor, y es que a Papá lo mismo le daba la
carne que el pescado, vendía armas a los dos bandos. Papá se quedó sin cerrar
el negocio y sin con un nuevo enemigo. Como reconocimiento del mérito, Papá me
consagró una bofetada honorífica, creo que fue la décima. El caso es que mis
plegarias no tuvieron ningún efecto porque Slim me desgarró una sonrisa que le
dejó al descubierto una dentadura de caballo viejo:
- ¿Y el chico en qué se está especializando? ¿Gestión,
compra venta, especulación? - Se
suministró una calada profunda. -¿ o de
todo un poco?-. Extrajo una nube de humo.
Papá me
suplicó prudencia y reflexión con su mirada: que no la cagase como solía.
Mientras yo barajaba la posible respuesta correcta, le di tiempo a que
interviniese él mismo: - Se está
especializando en comunicación, periodismo. Ya sabe, la artillería pesada del
mundo de las finanzas -. Slim se impresionaba de ver cómo Papá hacía
enérgicos gestos de inspiración bélica. -
Está ante un maestro de la persuasión, un ingeniero del consentimiento -.
-Ah… Vaya vaya, me parece estupendo, precisamente
el campo de las comunicaciones es el más relevante de nuestra era del
conocimiento. Eres un chico inteligente. Estoy seguro de que eres capaz de
convencer a un pato de que venda su charca para comprarse un flotador -. Estalló
en una carcajada con un sonido muy propio al de los animales mitológicos. Papá
y yo simulamos compartir la risa, cuando en realidad estábamos más apurados que
otra cosa. – Supongo que tendréis
vínculos con editoriales importantes.
- Tenemos control sobre un 80% de la
información que se publica en España -. Profirió con orgullo Papá extendiendo
los brazos con exageración como símbolo de inmensidad.
Slim estaba
encendiéndose un segundo puro- Precisamente
tenía pensado hacer una llamada a mi editorial en México para que emitiese unas
declaraciones mías a cerca de lo que le conviene al país, la opinión del
filántropo más rico del mundo tiene una influencia notoria sobre la opinión
pública. Estaría bien que esta información llegase a los españoles. ¿Usted
tiene mano, señor Peiró junior, permítame la libertad, para emitir este tipo de
comunicados? -.
Me incomodaba
su mirada, que parecía tener trato preferente sobre mi persona, como si yo
fuese su presa, me provocaba sudores. Pero me halagó que un tipo con tanto
nombre requiriese mis servicios, aunque supuse que de conocerme bien, los
hubiese evitado por todos los medios. –Sí,
se lo comentaré al señor Griselmo, jefe editorial del periódico Sinrazón, de
fuerte tirada en el país, para el cual trabajo. Por supuesto, estaré encantado de poder colaborar con usted-.
Me dejó
suspenso el comprobar que Slim ya llevaba el segundo puro por la mitad y que mi
blanca camisa había absorbido el color amarillento del tabaco. - Tendrá que tener muy en cuenta los
propósitos que hemos planteado, quiero decir: que el propósito es acelerar el
proceso de privatización de los hospitales -. Conforme hablaba, se iba
acercando más a mí, su brazo peludo y sudoroso se pegó y se refregó con el mío
en contra de mis insistentes intentos por evitarlo. - Vaya preparando a las muchedumbres: haga un análisis de la situación
crítica del país, hable de la insostenibilidad de la deuda, de la necesidad de
pagarla, de la obligatoriedad de reducir el déficit público -. La generosa
aunque ya desgastada dentadura con que la naturaleza le había dotado no obstaculizaba
la expulsión a propulsión de perdigones que iban impactando en mí. El efecto
visual de la atmósfera de denso humo junto a los efluvios salivales daba la
impresión de que transitábamos sobre un día otoñal, nublado y lluvioso; el
efecto olfativo era menos agradable. - Y
a continuación plantee el mantenimiento y funcionamiento de los hospitales y el
funcionariado público como una carga del país: no son sostenibles, porque no
trabajan como deben; en manos privadas funcionarán mejor y todas estas cosas
que se dicen al vulgo y que estoy seguro de que usted conoce mejor que yo. –
Yo le asentía de continuo sin discriminar ni discernir sus argumentos, de hecho
no me estaba enterando demasiado. Mi intensa voluntad de alejarme de él me
impedía centrarme en su mensaje. - Nombrándome
a mí como autoridad, tiene todo el viento a su favor, le aconsejo que busque en
mi página web mi trayectoria biográfica y escoja los datos más convincentes. A
modo de conclusión y para mi nulo deleite extrajo una vez más sus pronunciados
dientes en forma de sonrisa.
Le dije que
me entusiasmaba mucho y que me iba a poner manos a la obra de inmediato. Llamé
a Griselmo para comunicarle la nueva, se alegró mucho de la exclusiva y de mi
inesperado ataque de responsabilidad para con mi oficio. Para evitar el curso
soporífero de la conversación y la compañía no menos desagradable, me despedí
amablemente de los dos. Lo que no pude evitar es el último contacto con el
brazo grasiento de Slim: a la vez que me daba su número de teléfono apoyaba su
enorme, cálida y húmeda palma de la mano sobre mi pulcro y hasta el momento
aseado hombro.
Puse mi
aparato locomotor en marcha firme motivado por la ilusión y la necesidad de
oxígeno. Inconscientemente, cuando ya
estaba lo suficiente alejado como para entrañar el riesgo de tener que volver a
acercarme, me giré para mirar de lejos aquel peculiar animal mitológico y para
mi ingrata sorpresa me percaté de que aquellos ojos carnívoros me estaban
siguiendo con avidez. Aceleré los pasos e intenté no pensar en ello.