sábado, 27 de julio de 2013

El régimen de la tribu.




Cada noche, el hechicero ofrecía a su tribu el comunicado de los Dioses. Sólo él tenía el poder de comunicarse con las divinidades. Encendía la hoguera mística, removía el caldero de los agüeros, realizaba la danza de la invocación y profería las palabras que los dioses querían hacer llegar a la tribu. La tribu interiorizaba las palabras del hechicero.
Un día el hechicero le dijo a la tribu que los Dioses estaban enfadados. La tribu no había sido tan generosa con los Dioses como debiera. Ahora tendrían que pagar la injuria: a partir de ahora la tribu tendría que duplicar los tributos ofrecidos a los dioses: tendría que donar más jóvenes para el sacrificio, más alimentos, más piedras preciosas,  construir más monumentos de culto. Si la tribu no hacía lo que se le decía, los Dioses la castigarían con hambre, enfermedades y otras miserias.
La tribu asumió el mensaje con sumisión y desde esa misma noche se puso a trabajar sin tregua para satisfacer los mandatos de sus Dioses. La tribu decidió trabajar mucho y dormir poco para impulsar la ampliación del templo de los Dioses. Cada día, en la caía el sol, la tribu depositaba en el templo sus ofrendas alimenticias. Las caídas de sol de los domingos, colocaba en el altar del templo oro y otros metales preciosos. Y con el solsticio de invierno, debía donar una joven virgen. Cuando la tribu dormía, los dioses, descendían de sus tronos para llevarse las donaciones.
Por la noche, el hechicero comunicaba qué cantidad de bienes debía donar la tribu a los Dioses el día siguiente. Durante el día, el rey, que gobernaba por mandato divino, mandaba a sus secuaces para que dirigiesen la construcción del templo, el cual él habitaba. Parte de la tribu se dedicaba a arar, otra parte a recoger cosechas, otra parte a la búsqueda de metales preciosos, otra parte a la construcción del gran templo.
Al cabo de unos meses, la tribu ya estaba exhausta de tanto trabajo. Con las exigencias de los Dioses, apenas le quedaba a ella especias para comer, material para sus viviendas, fuerzas para trabajar y tiempo para dormir. El hechicero convocó a la tribu para felicitarla del buen trabajo que estaba realizado. Los Dioses estaban contentos: estaban bien alimentados, bien enriquecidos y satisfechos de ver su templo cada día más grande y opulento. Pero todavía no era suficiente, si la tribu quería el perdón de los Dioses, había que aumentar más el ritmo de trabajo.
La tribu intensificó más todavía su nivel de trabajo. Al cabo de un tiempo, la tribu empezó a sufrir problemas de salud: la malnutrición, la deshidratación y desgaste físico dejaban paso a enfermedades de toda índole, niños, ancianos, hombres y mujeres morían todos los días.
Unos pocos miembros de la tribu comenzaron a cuestionarse si realmente merecían tal clase de castigo, si los Dioses eran tan retorcidos como para tolerar una crisis tan feroz como la que estaban transitando. Se preguntaban si las cosas podrían ser de otra manera. La gran mayoría de los miembros simplemente achacaban los mandatos que el hechicero dictaba como mediador de los Dioses. No había alternativa.
Un día, a Hako, joven esforzado, se le hizo tarde en la recogida de la fruta que se debía ofrendar a los Dioses. Cuando cayó el sol, todos los miembros de la tribu fueron al templo a donar sus tributos a las divinidades. Hako, apurado, ansioso y con un fuerte sentimiento de culpa, tuvo que seguir recogiendo fruta hasta bien caída la noche. Cuando por fin había recolectado la cosecha, mientras todos los demás miembros de la tribu descansaban las pocas horas que duraba la noche, fue corriendo hasta el templo para entregar su parte.
Cuando llegó al templo, antes de entrar por la puerta principal escuchó un barullo que provenía de dentro. Se asomó con sigilo para ver que allí estaban el hechicero y los secuaces del rey cogiendo las ofrendas de la tribu. Se las llevaron hacia dentro del templo. Hako, asegurándose de no ser visto, los siguió hasta una gran sala. Vio cómo depositaban todas las ofrendas encima de una mesa, se sentaban y esperaban en silencio. Al momento, entró el rey junto a otros secuaces y varias mujeres. Se sentaron y todos juntos comenzaron a devorar el opulento manjar. Hako no podía creer lo que veía. Estaba desconcertado ¿Serían ellos los Dioses?
Durante las más de tres horas que duró el banquete Hako vio con sus propios ojos cómo todos los presentes comían y bebían con gula hasta hartarse. No sobró nada. El rey se levantó y le dijo al hechicero: -mañana le dirás a la tribu que los Dioses quieren lo mismo que han recibido hoy, pero más carne de buey-.
Antes de que se levantasen los demás comensales, Hako salió corriendo hacia su choza. Amanecía, algunos miembros de la tribu ya estaban despertando para ir a trabajar. Hako les contó atónito lo que había visto. La tribu le escuchó incrédula. Quizás Hako habría tomado opio ese día y había tenido una alucinación.
Al acabar el día, tras el depósito de las ofrendas en el altar del templo. El hechicero convocó a la tribu para comunicarle que los Dioses estaban contentos con la ofrenda del día anterior, pero, para que todo fuese bien, a partir del día siguiente deberían ofrendar más carne de buey. Algunos, al recordar las palabras de Hako, comenzaron a plantearse su veracidad. En ese momento, Hako se levantó del suelo para decirle indignado al hechicero lo que la noche anterior habían visto sus ojos. El hechicero tras unos segundos de reflexión dijo a la tribu que el rey y sus secuaces, entre los cuales él formaba parte, eran el vehículo mediante el cual los Dioses recibían las ofrendas de la tribu.
Algunos miembros de la tribu creyeron al hechicero. Otros comenzaron a tejer la insurrección.

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