Relatos

Periodismo corrupto  2/15

Me iba aposentar tan plácidamente cuando comenzó el maldito tono de papá en el móvil: que tenía que presentarme en el Escorial lo antes posible, que tenía una reunión con el mexicano Marlo Slick, el supuesto hombre más rico del mundo, y no me lo podía perder. No me agradaban mucho las amistades de Papá, pero siempre me gustaba ir al Escorial. Me planté en breve en la entrada del imponente monasterio y allí estaba la cuadrilla, el rico, Papá, y sendos escoltas. Como siempre Papá practicando los principios de cortesía conversacionales de forma ortodoxa: en cristiano: adulando al personal. Papá estudiaba técnicas escénicas en una academia de drama para ser mejor comunicador: era tan bueno en este arte que escenificaba durante todo el día, durante todo momento, lo cual a veces le hacía meter la pata en la charca del ridículo. Me presentó al tal Slim, que en principio no me hizo ni caso, pero luego, para mi desgracia, fui captando su atención. Era hombre un fornido que parecía encarnar a un animal mitológico postmoderno: rostro de ave rapaz, cuerpo porcino, rasgos y ademanes ecuestres. Luego descubriría que los similares con el buitre no eran fortuitos: era uno de los hombres más carroñeros con los que me Papá se codeaba, que no es poco decir.
Una vez agotados los protocolos básicos, empezaron a entrar en materia:
Llevamos años cosechando –decía Papá mientras con la cabeza muy alta y gesticulando con manos, brazos y piernas - Por fin los frutos empiezan a estar maduros. Hemos endeudado al Estado hasta las entrañas, y ha sido muy divertido: vivimos por encima de sus posibilidades. Ahora para pagar los préstamos, aunque nunca se podrán pagar completamente, hay que vender todo lo que el Estado posee. Dentro de un año se sacarán a subasta unas partidas de privatizaciones muy suculentas.
-Señor Peiró – Interrumpió Slim con su voz vibrante como un timbre de edificio – No he venido de México para que me hable sobre lo bien que han hecho su trabajo en el Gobierno, ya estoy al tanto de todo. No me andaré con circunloquios: mi deseo es comprar ya mismo. Mis fondos de inversión están ardiendo en mis bolsillos, y no me parece prudente esperar a que vengan nuevos compradores. Levantó los brazos como símbolo de razonamiento aplastante, lo cual nos dio lugar para saborear un hedor a chotuno nada desestimable.
Comprendo su deseo de anticiparse como comprador, pero comprenda usted que no es tan sencillo acelerar el proceso - . Afirmaba Papá armonizando sus palabras con, lo que él pensaba, equivalentes movimientos corporales. - La opinión pública no lo aceptaría tan fácilmente, resultaría escandaloso. Supongo que también estará al tanto de las protestas que se están sucediendo en el país.
Venga señor Peiró, habla usted como si no fuera de los hombres más poderosos del país -. Para nuestro alivio, el señor Slim no acostumbraba a despegar los brazos de las axilas gratuitamente, seguramente por economía física, ya que cada brazo suyo eran dos piernas mías. - Además, su gente ya se está encargando de derrocar al principal movimiento de lucha social de la historia de España, el movimiento minero. Ya no hay por qué preocuparseLe voy a dar un consejo que seguro que usted ya tiene en cuenta, si la opinión pública le da problemas, déle usted problemas materia para distraerse: invierta en sus equipos de fútbol, abra las puertas a las drogas y a las bandas callejeras: El imperio romano se fortaleció gracias al pan y al circo, el imperio global necesita pan, circo e inestabilidad. A México por ejemplo le funciona a pedir -. Dejó de caminar, se sacó del bolsillo de la camisa una caja puros, nos ofreció uno a cada sin éxito, y aspiró la primera calada, impresionantemente profunda: Mi propuesta es la siguiente: usted me vende a buen precio hospitales que funcionen, yo le pagaré lo que cuesten y le daré una buena propina, además como obsequio y muestra de cariño le proporcionaré un avión para que disfrute de autonomía espacial -. Soltó tanto humo que estaba seguro de que saltarían las alarmas de incendio. No fue así, no debían de funcionar.
Yo iba escuchando sin darle ninguna trascendencia al asunto, estaba acostumbrado a los tejemanejes de Papá, y de hecho los aborrecía moderadamente. Pero Papá estaba dispuesto a ser un gran mandatario global, y yo estaba condenado a ser arrastrado por él. De momento Slim rompió el fluir de la conversación y, entre la nube de humo que nos acompañaba y envolvía, centró su mirada de ave rapaz en mis ojos: yo puse cara de pasmado, no comprendía por qué tenía que ser yo el centro de atención de un magnate financiero de tal envergadura, financiera y física. Supuse que estaría sospechando de mí, todos los magnates desconfían de todo lo que se les topa por en medio. Prosiguió la conversación pero Slim había cambiado su actitud: seguía el hilo del tema y a la par, ante mi asombro, me escudriñaba de arriba abajo una y otra vez. Yo me encomendaba a los Dioses para que no me implicase en la conversación, y supongo que Papá más todavía, ya que mis antecedentes en materia de relaciones con los amigotes de Papá me brindaban un expediente demasiado turbio: era maestro en delatar involuntariamente las traiciones de Papá, una vez le dije a un cliente que venía a comprar armas para proteger el gobierno islamista de Siria que el pedido que enviamos el día anterior a Siria había sido mucho mayor, y es que a Papá lo mismo le daba la carne que el pescado, vendía armas a los dos bandos. Papá se quedó sin cerrar el negocio y sin con un nuevo enemigo. Como reconocimiento del mérito, Papá me consagró una bofetada honorífica, creo que fue la décima. El caso es que mis plegarias no tuvieron ningún efecto porque Slim me desgarró una sonrisa que le dejó al descubierto una dentadura de caballo viejo:
¿Y el chico en qué se está especializando? ¿Gestión, compra venta, especulación? -  Se suministró una calada profunda. -¿ o de todo un poco?-. Extrajo una nube de humo.
Papá me suplicó prudencia y reflexión con su mirada: que no la cagase como solía. Mientras yo barajaba la posible respuesta correcta, le di tiempo a que interviniese él mismo: - Se está especializando en comunicación, periodismo. Ya sabe, la artillería pesada del mundo de las finanzas -. Slim se impresionaba de ver cómo Papá hacía enérgicos gestos de inspiración bélica. - Está ante un maestro de la persuasión, un ingeniero del consentimiento -.
-Ah… Vaya vaya, me parece estupendo, precisamente el campo de las comunicaciones es el más relevante de nuestra era del conocimiento. Eres un chico inteligente. Estoy seguro de que eres capaz de convencer a un pato de que venda su charca para comprarse un flotador -. Estalló en una carcajada con un sonido muy propio al de los animales mitológicos. Papá y yo simulamos compartir la risa, cuando en realidad estábamos más apurados que otra cosa. – Supongo que tendréis vínculos con editoriales importantes.
Tenemos control sobre un 80% de la información que se publica en España -. Profirió con orgullo Papá extendiendo los brazos con exageración como símbolo de inmensidad.
Slim estaba encendiéndose un segundo puro- Precisamente tenía pensado hacer una llamada a mi editorial en México para que emitiese unas declaraciones mías a cerca de lo que le conviene al país, la opinión del filántropo más rico del mundo tiene una influencia notoria sobre la opinión pública. Estaría bien que esta información llegase a los españoles. ¿Usted tiene mano, señor Peiró junior, permítame la libertad, para emitir este tipo de comunicados? -.
Me incomodaba su mirada, que parecía tener trato preferente sobre mi persona, como si yo fuese su presa, me provocaba sudores. Pero me halagó que un tipo con tanto nombre requiriese mis servicios, aunque supuse que de conocerme bien, los hubiese evitado por todos los medios. –Sí, se lo comentaré al señor Griselmo, jefe editorial del periódico Sinrazón, de fuerte tirada en el país, para el cual trabajoPor supuesto, estaré encantado de poder colaborar con usted-.
Me dejó suspenso el comprobar que Slim ya llevaba el segundo puro por la mitad y que mi blanca camisa había absorbido el color amarillento del tabaco. - Tendrá que tener muy en cuenta los propósitos que hemos planteado, quiero decir: que el propósito es acelerar el proceso de privatización de los hospitales -. Conforme hablaba, se iba acercando más a mí, su brazo peludo y sudoroso se pegó y se refregó con el mío en contra de mis insistentes intentos por evitarlo. - Vaya preparando a las muchedumbres: haga un análisis de la situación crítica del país, hable de la insostenibilidad de la deuda, de la necesidad de pagarla, de la obligatoriedad de reducir el déficit público -. La generosa aunque ya desgastada dentadura con que la naturaleza le había dotado no obstaculizaba la expulsión a propulsión de perdigones que iban impactando en mí. El efecto visual de la atmósfera de denso humo junto a los efluvios salivales daba la impresión de que transitábamos sobre un día otoñal, nublado y lluvioso; el efecto olfativo era menos agradable. - Y a continuación plantee el mantenimiento y funcionamiento de los hospitales y el funcionariado público como una carga del país: no son sostenibles, porque no trabajan como deben; en manos privadas funcionarán mejor y todas estas cosas que se dicen al vulgo y que estoy seguro de que usted conoce mejor que yo. – Yo le asentía de continuo sin discriminar ni discernir sus argumentos, de hecho no me estaba enterando demasiado. Mi intensa voluntad de alejarme de él me impedía centrarme en su mensaje. - Nombrándome a mí como autoridad, tiene todo el viento a su favor, le aconsejo que busque en mi página web mi trayectoria biográfica y escoja los datos más convincentes. A modo de conclusión y para mi nulo deleite extrajo una vez más sus pronunciados dientes en forma de sonrisa.
Le dije que me entusiasmaba mucho y que me iba a poner manos a la obra de inmediato. Llamé a Griselmo para comunicarle la nueva, se alegró mucho de la exclusiva y de mi inesperado ataque de responsabilidad para con mi oficio. Para evitar el curso soporífero de la conversación y la compañía no menos desagradable, me despedí amablemente de los dos. Lo que no pude evitar es el último contacto con el brazo grasiento de Slim: a la vez que me daba su número de teléfono apoyaba su enorme, cálida y húmeda palma de la mano sobre mi pulcro y hasta el momento aseado hombro.
Puse mi aparato locomotor en marcha firme motivado por la ilusión y la necesidad de oxígeno.  Inconscientemente, cuando ya estaba lo suficiente alejado como para entrañar el riesgo de tener que volver a acercarme, me giré para mirar de lejos aquel peculiar animal mitológico y para mi ingrata sorpresa me percaté de que aquellos ojos carnívoros me estaban siguiendo con avidez. Aceleré los pasos e intenté no pensar en ello.

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