Nos dieron el
somnífero del bienestar, nos durmieron para tomar el control de la realidad.
Nos hicieron soñar que la
Historia había llegado a ese tan esperado tiempo de paz en el
que nunca volverían a suceder los horrores del pasado. La civilización había dado
el paso decisivo, había evolucionado para siempre, el hombre civilizado por fin
viviría en paz junto al hombre:
- Bienvenidos, hombres, a la edad del bienestar,
edad en la que la miseria, la precariedad, la barbarie y el hambre han quedado enterrados
en el pasado. La única opción es ir a mejor, no hay alternativa. Así que relájense,
acomódense, duérmanse. El timón de la Historia está en buenas manos. Llegó el momento
de la prosperidad ilimitada, el momento del gran confort, de la opulencia
repartida. Despreocúpense, no miren atrás, no miren a su alrededor, no miren al
futuro. Agachen la cabeza, pongan la vista en su ombligo y disfruten de todo
exceso que quede a su alcance. Nosotros, padres protectores en el poder, nos
encargaremos de conducir a la
Historia, guiaremos a la civilización por el buen camino, el
camino progreso global, el único camino -.
Pero algunos
empezamos a intuir un estruendo a lo lejos que nos despertó, un sonido
ensordecedor que iba acercándose a nuestro mundo. Comenzamos a entreabrimos los
ojos y miramos por las cerraduras del poder: nos percatamos de la existencia de
una gran maquinaria que servía para inducir al sueño: nuestro descanso no era
real, era prefabricado. Abrimos los ojos para siempre, salimos del apacible
sueño inducido y nos vimos insertos en la trama de la realidad. La Historia no había
acabado. Simplemente habíamos pasado a un nuevo capítulo. Pero la guerra
continuaba, esta vez en modo virtual. Una cruenta guerra invisible destinada a
alcanzar hasta el último confín del mundo, una guerra en la que los muertos
eran muertos por inanición, las torturas eran psicológicas, las víctimas por
explotación, las armas económicas, las causas políticas. Una nueva guerra fría
dividida en dos bandos:
A un lado, los
de abajo, las mayorías sociales, el mayor ejército del mundo. Pero eso sí, un
ejército durmiente, distraído, enjugascado, desprovisto de armas de combate,
fragmentado, dividido, ocupado en nimios conflictos. Al otro lado, el bando de
arriba, posicionado cual francotirador, organizado desde hace siglos, surtido
de los más avanzados artefactos de combate: tecnología de vanguardia, leyes
redactadas, centros de producción, armas de persuasión, ejércitos militares,
intelectuales a sueldo, jueces amigos, políticos comprados y sobre todo,
dinero, mucho dinero.
Esto es lo
que vimos cuando despertamos. Los cañones de la legalidad disparaban todos los
días contra nuestra calidad de vida, los misiles del poder reventaban sobre
nuestros avances sociales, el sonido de las bombas mediáticas reprimía la
evolución espiritual de la sociedad. Nuestra vida era un paseo por un campo de
minas en la que a cada paso iban explotando derechos históricos.
Los que
despertamos empezamos a correr gritando, confundidos, desesperados. Enchufamos
todas las alarmas para despertar a los demás. Pero el sueño del confort es
demasiado profundo. Algunos comienzan a descubrir que ciertamente todo es un
sueño, pero por temor al ruido de la guerra no quieren despertar. Otros insisten
en que su sueño es la pura realidad y a los despiertos nos llaman pesimistas, locos,
conspiranoicos. Otros dicen que el sueño es la única forma de vida posible y
nos llamaron idealistas, ilusos, soñadores, creyendo que la vida en el sueño
les mantendrá a salvo de la guerra. A pesar de todo, muchos otros van
despertando y a su vez van despertando a otros.
Y todos
juntos nos encontramos con los que nunca han caído en el sueño del bienestar, o
los que llevan ya tiempo levantados, expertos que nos instruyen con la verdad,
nos disciplinan en la razón, nos enseñan el arte de la resistencia.
Ahora sabemos
que la única salvación pasa por susurrar a los oídos de los durmientes:
organicémonos, esto es la guerra.