sábado, 20 de julio de 2013

En mi mundo no quiero monstruos



Un día ves brillar una luz. Te acercas y te das cuenta de que sale de una grieta. Miras a tu alrededor te das cuenta de que esa grieta forma parte de la pared de tu mundo. Te asomas a la grieta y ves que existe otra realidad, un mundo distinto del tuyo. Más real, más inmenso, más incómodo.
Tú vives muy bien en tu mundo, no quieres cambiarlo. Así que te pones a cimentar la grieta por la que asoma la luz. Todo pasó. Puedes vivir en tu realidad sin que nada amenace tu forma de vida, tus creencias, tus costumbres, tus gustos, tu visión del mundo.
Pero tu realidad no está blindada en oro y al poco tiempo la pared se vuelve a resquebrajar, así que añades una nueva capa de cemento. Aparece otra grieta, das otra capa de cemento. Más grietas, más cemento. Las fisuras de tu cápsula mundo van apareciendo demasiado rápido. Tienes que esforzarte mucho para mantener tu realidad intacta. Piensas que quizás tendrías que asomarte a un agujero y acostumbrarte a ese mundo tan diferente. Te asomas, pero lo que ves no te gusta: hay mucha gente ahí fuera luchando contra un monstruo gigante. Toda esa gente te está llamando, te dicen que te necesitan, te dicen que tú también los necesitas. Te dicen que, si no sales, un día el monstruo acabará por devorarnos a todos. Pero tú no quieres salir de tu mundo: te da miedo el monstruo, te da miedo la gente, te da miedo la realidad de ahí fuera.
De modo que insistes en seguir reformando tu cápsula de hormigón: la insonorizas para no escuchar los gritos de afuera; la perfumas para solapar el olor a hambre, sangre y sudor que entra por las rendijas; te sumerges en historias literarias para no pensar que existe un mundo más real que el tuyo.
Pero un día te cae un cascote del techo de tu mundo en la cabeza. El monstruo está ahí fuera, hambriento de ti también. Te das cuenta de que si no haces algo, el monstruo tarde o temprano acabará por derrumbar tu mundo sobre tu cabeza para luego devorarte. De modo que te hinchas de valentía, y comienzas a picar la pared. Conforme ensanchas la grieta, vas viendo la luz. Finalmente consigues demoler la cápsula mundo en la que has vivido toda tu vida.
Ahora te encuentras en el mundo real. Miras arriba y allí esta el monstruo amenazante. Sales corriendo hacia donde está toda esa gente luchando contra el monstruo, cada día más grande, hambriento y feroz. Ves que hay mucha gente encerrada en sus cápsulas mundo. Empiezas a llamar a sus puertas avisándoles de los peligros del monstruo. Ves cómo una cápsula de hormigón como la tuya se derrumba y sale una persona corriendo hacia donde estáis todos. Otra cápsula derruida, otra persona que sale. Más cápsulas, más personas.
Conforme las personas van saliendo se sus cápsulas y se van uniendo, el monstruo va perdiendo tamaño y fuerza. Sigue enfurecido, pero ya no tiene tanto poder. Ahora las personas salen de sus cápsulas en masa. El poder ha cambiado de bando. El monstruo comienza a retroceder, toma forma de monstruito dócil, inocente y bondadoso. Pero la Historia ha enseñado a la gente que esa transformación es  sólo una estrategia que emplea el monstruo cuando se ve debilitado. Todos estamos de acuerdo: hay que matarlo.




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