martes, 7 de febrero de 2012

Imperialismo musical




El proceso de la gota china es una tortura que consiste en someter a la víctima al sonido continuo de una gota golpear sobre su frente con el fin de agotarlo psicológicamente. Este suplicio se ha sofisticado y hoy es la población la que se somete a él por iniciativa propia. No es fácil escapar de este martirio mental porque la gota golpea en coches, autobuses, casas, comercios, etcétera, de modo que aunque huyas de ella te persigue hasta que te salpica sin poder evitarlo. La gota está disfrazada de canciones que parecen distintas pero son igual, sus componentes se reducen a: percusión electrónica de compás cuatro por cuatro invariable, estribillo repetido ocho veces en tres o cuatro minutos, dos melodías, tres en los mejores casos, que alternan voz y sintetizador de un único sonido. El constante bombardeo de un repertorio endiabladamente mínimo de canciones abrumadoramente monótonas durante minutos, horas, días, semanas, meses, años... martillea tus neuronas hasta su muerte y resurrección como zombis, y disloca tu imaginación creativa hasta la dimensión del tedio. La gota desemboca lenta y constantemente en el mar del subconsciente invadiendo las profundidades de necias melodías que perseguirán tu alma una transmigración tras otra. Cuidado con qué emisora sintonizas, las carga el poder.

domingo, 5 de febrero de 2012

Con el culo al aire, así nos quiere el sistema



Esta nueva producción es una comedia familiar, aunque sin gracia y censurable a menores, mezcla de realidad objetiva y absurdos impertinentes, que se cataloga en el género realista en la medida que muestra no una realidad existente, sino una realidad con altas probabilidades de factibilidad. Se ciñe obedientemente al contexto socio económico español de nuestros días, en el que la precariedad económica y laboral está desolando a las familias de recursos medios bajos, pero fuerza tendenciosamente la psicología y formas de vida de los personajes hacia la cosmovisión burguesa, filosofía antagónica al estatus social de sus personajes y a la del pueblo llano en general.

El argumento se basa en mostrar la convivencia de un grupo de individuos que, rechazados por el sistema debido a la crisis económica laboral, encuentran una forma de vida «asequible» y «alternativa» en un camping de ocio. En contraste con la realidad, la creación de nuevas comunidades, resulta tan verosímil como necesario dada la situación un sistema que está expulsando de sus confines a las masas medias. Pero, eso sí, tal renovación debería ir acompañada de unos principios ideológicos acordes a las nuevas formas de vida, y no estancarse en el pantano de los valores capitalistas, como les sucede a estos personajes.

La nueva comunidad, al pleno estilo de barrio caravanero estadounidense, fruto de la decadencia de las clases medias, lejos de cimentarse en principios de solidaridad, cooperación y empatía, necesarios para una convivencia armónica que se basa en el intercambio de servicios entre los vecinos, resurge analfabestiamente sobre un individualismo hermético que deriva en la rufianería: robos, chantajes, amenazas, envidias, desprecios, hipocresía, cinismo, adulterio, mamoneo y demás interactuaciones privadas de inteligencia social. Un ejemplo: la doctora, que se ve obligada a buscarse la vida allí porque, como dice un personaje «la han echao por lo de los recortes», sufre en sus carnes el abrasamiento del abuso de la comunidad: todos explotan su rol social, más que por necesidad, por ambición.

Si, como es el caso, la carencia de recursos es la causa para un cambio de vida drástico, lo lógico sería buscar estrategias que garanticen la seguridad de vida fuera del capitalismo depredador, es decir independencia alimenticia, energética y de bienestar. Pero a los personajes de la serie no les importa haber sido empujados por las escaleras del estatus social hasta un nuevo hampa legítimo, siguen alimentando al sistema que los excluye, siguen anhelando el consumo de bienes popularizados por la maquinaria publicitaria, como el iphone o las marcas de prestigio (incongruentemente pues el protagonista afirma que «han inventado fórmulas para no necesitar dinero»), y siguen aspirando a los privilegios materiales y simbólicos de las altas burguesías: no tienen recursos para una vivienda, pero sí para un equipo inmobiliario ampuloso, superficial y ostentoso.

Los vecinos aspirantes a pijos, modelo ejemplar de «familia que vive por encima de sus posibilidades», son el estereotipo clásico del personaje de las series de tv: su única preocupación es el «qué dirán» y su única pretensión es aparentar tener, no importa ser. Se escandalizan cuando ven un bolso de imitación aunque afirman no tener dinero ni para gasolina (la exaltación al consumo de grandes marcas es una característica de las cadenas de tv muy significativa, y esta serie no es ninguna excepción). La posesión de un mercedes no les supone un freno para explotar mediante el chantaje a los más necesitados, cualidad propia de la enfermedad mental llamada psicopatía.

El efecto consecuencia de la recepción social de esta serie es el de un didactismo degradante, degenerativo, autodestructivo, pues a pesar de ser una serie familiar en la que los niños tienen su lugar, hay tiempo y espacio para todo tipo de adicciones que contribuyen a la normalización: alcohol, porros, incluso anfetaminas (No deja de llamar la atención hasta la incomprensibilidad que la protagonista de la adicción a éstas últimas sea la mismísima doctora). Los más pequeños de la familia que se expongan a la obra también presenciarán escenas de sugerencia y denotación sexual tan vergonzosas y sobrantes como su propia pronunciación, mamadas, pajas, además de alusiones verbales de mayor envergadura tabú. Secuencias como la que aparece la misma doctora rebuscando en un contenedor de basura mientras se dice «mírala, tanto estudiar para acabar así» son una fuerte antimotivación para la alfabetización de las nuevas generaciones.

Toda la cadena de incongruencias no es, ni mucho menos, fruto de negligencias artísticas por parte de los creadores. Para llegar al fondo del asunto hay que tirar del hilo del capital: si llegamos a resolver el secreto de quién financia la producción y cuáles son sus intereses, nos toparemos con que no estamos sentados a una serie de entretenimiento, sino ante un circo propagandístico: la realidad que se nos muestra no es otra que la que se desea por los patrocinadores, la forma de pensar y de actuar de los personajes es la que se espera de las masas. Es otro de los hechizos que nos lanza el poder para mantenernos en estado de hipnosis y así conducirnos cual rebaños de ovejas con ojos vendados.

En definitiva, para observar la obra con espíritu crítico es necesario situarse en la óptica de la teoría de la programación predictiva
«los medios son usados para condicionar a las masas sobre cambios sociales planeados por nuestros líderes, para que cuando estos cambios se implementen sean recibidos como «una progresión natural» dentro del zurcido invisible del espacio mediático en el que estamos inmersos y de esta forma se disminuya la oposición a estos cambios. La idea es que de esta forma se propaga una infalible ilusión de que así será el mundo y así nosotros lo creamos, más allá de que esto fuera a suceder o no».