La serie
Dollhouse se enmarca en un mundo futurista distópico en el que los avances
tecnológicos han desarrollado la capacidad de formatear, para seguidamente
reconstruir, la conciencia de los seres humanos. La historia se basa en las
relaciones sociales de una empresa que se dedica a alquilar seres humanos cuyas
mentes han sido personalizadas en función de las fantasías y caprichos de sus
clientes. Esto es un ejemplo que pone de manifiesto las bondades de la
iniciativa privada (o libertad individual, como se conoce en neolengua) que tanto magnifican los
sacerdotes del capitalismo. Los dueños de la empresa son personas soberanas que
tienen la libertad de comercializar con los recursos que se apropian, sean
materias primas, conocimiento, o, como en este caso, personas (recursos humanos
en neolengua).
En nuestros
días observamos cómo el sistema capitalista está evolucionando hacia un modelo
que tiende a hacer realidad ficciones tan faltas de ética como las de
Dollhouse. Un ejemplo, en EE.UU el sistema de prisiones está pasando de manos
del estado a manos privadas. Sus dueños se lucran con el mantenimiento de
presos que alquilan a grandes empresas (como Microsoft, Starbucks o Colgate) en
calidad de fuerza de trabajo barata. A todas las grandes empresas involucradas
en el negocio, por supuesto, les interesa tener una rica cantera de recursos
humanos, por lo cual ejercen presión en los gobiernos para que modifiquen el
código penal de modo que las clases más humildes ingresen en prisión por delitos
menores o pequeñas infracciones como lo son impagos de multas o consumo de
drogas.
En
definitiva, la libertad individual dentro de un sistema capitalista se traduce,
pues, en libertad de apropiación, explotación y dominio: en otras palabras, cautiverios
colectivos.

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