domingo, 28 de julio de 2013

Libertades individuales, cautiverios colectivos.

La serie Dollhouse se enmarca en un mundo futurista distópico en el que los avances tecnológicos han desarrollado la capacidad de formatear, para seguidamente reconstruir, la conciencia de los seres humanos. La historia se basa en las relaciones sociales de una empresa que se dedica a alquilar seres humanos cuyas mentes han sido personalizadas en función de las fantasías y caprichos de sus clientes. Esto es un ejemplo que pone de manifiesto las bondades de la iniciativa privada (o libertad individual, como se conoce en neolengua) que tanto magnifican los sacerdotes del capitalismo. Los dueños de la empresa son personas soberanas que tienen la libertad de comercializar con los recursos que se apropian, sean materias primas, conocimiento, o, como en este caso, personas (recursos humanos en neolengua).
En nuestros días observamos cómo el sistema capitalista está evolucionando hacia un modelo que tiende a hacer realidad ficciones tan faltas de ética como las de Dollhouse. Un ejemplo, en EE.UU el sistema de prisiones está pasando de manos del estado a manos privadas. Sus dueños se lucran con el mantenimiento de presos que alquilan a grandes empresas (como Microsoft, Starbucks o Colgate) en calidad de fuerza de trabajo barata. A todas las grandes empresas involucradas en el negocio, por supuesto, les interesa tener una rica cantera de recursos humanos, por lo cual ejercen presión en los gobiernos para que modifiquen el código penal de modo que las clases más humildes ingresen en prisión por delitos menores o pequeñas infracciones como lo son impagos de multas o consumo de drogas.
En definitiva, la libertad individual dentro de un sistema capitalista se traduce, pues, en libertad de apropiación, explotación y dominio: en otras palabras, cautiverios colectivos.



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