El anuncio de CocaCola, 2011, visto de cerca
Vamos a observar con detalle el anuncio de coca cola 2011, «hay razones para creer en un mundo mejor», para ver dónde se encuentran esas razones.
El primer impacto del comercial es causado por unos acordes ascendentes y enérgicos de guitarra acústica que captan la atención del individuo para atraparlo con el primer mensaje escrito: «basado en un estudio realizado en 2010 sobre la situación actual del mundo», un argumento lógico racional que dignifica el contenido de la siguiente información, le otorga al anuncio el prestigio de investigación documentada y certificada, le dice al espectador: «nosotros, una empresa seria y globalizada, de éxito social y económico, con una tradición histórica, sí que conocemos el funcionamiento y la situación del mundo, así que confía en nosotros y en todo lo que te vamos a decir». Y efectivamente, el tema del anuncio no es el producto de la empresa, que solamente aparecerá al final del mismo, sino la situación del sistema mundial, un sistema que cualquier ser medio informado sospecha como mínimo que «flojea de coherencia», siendo optimista.
La secuencia inicial se abre con un guitarrista contento y motivado dirigiendo a un coro de niños irradiantes de felicidad, niños de todas las razas y colores que se mueven al ritmo de la alegría de la música. En sólo cinco segundos, el espectador ya se puede contagiar de la simpática ingenuidad e inocencia que expresan las voces de las pobres criaturas.
Irrumpe la voz de la letra, «soy libre», pareja a la imagen de la fábrica de tanques de guerra, una buena antítesis, y en seguida, el mensaje: «por cada tanque que se fabrica en el mundo…», que deja paso a la imagen de la fábrica de amables ositos de peluche, «… se fabrican 131 mil peluches», imagen de niños gozando del canto. Se supone que este mensaje es tranquilizador pero tendríamos que comprobar cuántos millones de peluches se fabrican al día para ver la cantidad de tanques que circulan y esperan circular para que sus fabricantes obtengan suculentas sumas de dinero. Para mayor veracidad, estaría bien que añadiese que es precisamente en los países en los que la población no tiene nada de dinero para peluches donde más tanques se utilizan, también podría aludir a que no tiene nada que ver que la gente de un país esté pasando hambre con que ese mismo país compre tanques de guerra. Un dato muy importante que se le olvida es que todos los países firmantes en 2007 del Tratado de Lisboa europeo tienen la obligación de invertir cierta cantidad de artefactos armamentísticos anualmente, sin importar su estado social o económico.
En la segunda secuencia aparece el ajetreado y convulso interior de la Bolsa de Wall Street acompañado con las palabras «por cada Bolsa de Valores que se desploma…», un ejecutivo marginado y desolado entre papeles inservibles deja paso a un niño negro trajeado que baila y nos dedica una carcajada silenciosa, «… hay 10 versiones de “What a Wonderful World”»: comparación de un argumento emocional positivo, la risa del negrito, que aplasta a otro argumento, este sí racional, supuestamente negativo, la caída de la Bolsa, y digo supuestamente negativo porque las grandes cantidades de dinero que se mueven en la Bolsa no revierten en la sociedad, o… ¿alguien ha escuchado alguna vez: «gracias a las ganancias de la Bolsa, las comunidades recibirán mayor financiación, o se promoverá la creación de centros sociales, o se crearán más empleos, o los artículos de primera necesidad serán más baratos»? Improbable.
La siguiente secuencia se inicia con una mesa rebosante de billetes: «por cada persona corrupta…», que desaparece para transmitir el sentimiento de libertad que simbolizan los globos rojos inundando el cielo, «… hay 8 mil donando sangre». La dinámica es la misma en todas las secuencias: un mensaje negativo es solapado y banalizado por uno positivo. Esta vez el positivo sí que desprende fuerza emocional y racional: si una persona es capaz de donar sangre es porque tiene una empatía y una conciencia social importante: es el tipo de personas en las que puedes realmente confiar, el tipo de personas que, si el mundo dependiese de ellas, forjarían un sistema social saludable, y según el comercial el mundo está atestado de ellas: es esperanzador, sí. Pero estas personas de buena voluntad de ayuda social desgraciadamente no tienen ningún poder para influir en la estructura social, todo lo contrario a las personas corruptas: como cualquier espectador medio informado habrá comprobado, está de moda la corrupción en las altas jerarquías sociales: políticos, altos directivos, grandes empresarios, realeza, etcétera. Estos roles sociales sí que tienen la capacidad, y más aún, son las que tienen el deber de guiar y equilibrar la estructura social, por tanto, es esperanzador que haya tantos donantes de sangre, pero es altamente alarmante el nivel y cantidad de corrupción que fluctúa por los cargos sociales de mayor relevancia. Corrupción impune que corroe con su ejemplo las buenas voluntades con el desconcierto que emiten sus acciones.
Seguimos con el nuevo argumento: «mientras un científico diseña un arma nueva…», aparece un misil y le sigue una mujer cocinando una tarta, símbolo de bienestar, «… hay 1 millón de mamás haciendo pasteles de chocolate» (la expresión «mamá» ensalza la sensación de inocencia). Para mayor rigor, podría especificar que los avances científicos garantizan que el arma que está fabricando el científico se podría cargar a todas las mamás del mundo en segundos sin levantar una mota de polvo.
Continúa con la afirmación «en el mundo se imprime más dinero de Monopoly que dólares»: lo cual no quiere decir, o por lo menos no debería querer decir, porque sería de una hipocresía hiperbólica, que no hace falta dinero en el mundo.
Con la imagen de Google se emite el mensaje: «AMOR tiene más resultados que MIEDO». Se sobreentiende que el amor es una emoción preferible al miedo, pero, quizás los propietarios de la empresa creadora de este anuncio sean los que más faltos estén de amor cuando han con sus hechos demuestran que valoran más el dinero que la salud y la vida de las personas: en muchos países tercermundistas, desde hace décadas, han socializado la idea de que la coca cola, no famosa por sus propiedades saludables aquí en occidente, es más enriquecida en vitaminas que la leche, de modo que ahora muchas madres en proceso de lactancia sustituyen la leche por coca cola para alimentar a sus niños.
En conclusión este anuncio publicitario sólo promueve su producto desde un segundo plano, lo que realmente fomenta es una visión de futuro tan ciegamente esperanzadora que el receptor obtiene la licencia de despreocupación político social económica total, y además respaldada por estudios científicos realizados por una macroempresa de prestigio social: «basado en un estudio realizado en 2010 sobre la situación actual del mundo». En un minuto y treinta segundos, gracias a las emociones de inocencia, alegría, esperanza y optimismo por el presente y el futuro, que son la tónica dominante del comercial, el espectador ha sido persuadido irracionalmente de que los actos político social económicos positivos pesan más que los negativos, y por lo tanto no hay razón lógica para el pesimismo ni para la preocupación: el sistema funciona como tiene que funcionar, podemos seguir contribuyendo con nuestro consumo, podemos seguir aumentando el poder de los gigantes económicos. Eso sí, cuidado con estos titanes económicos, porque sus devastadores pasos demuelen la civilización.
Se cierra el anuncio: «Hay razones para creer en un mundo mejor», sí, las habrá, pero esas razones no nos las ofrecen ni los intereses ni las actitudes ni las razones de ser de ninguna multinacional como esta.
La secuencia inicial se abre con un guitarrista contento y motivado dirigiendo a un coro de niños irradiantes de felicidad, niños de todas las razas y colores que se mueven al ritmo de la alegría de la música. En sólo cinco segundos, el espectador ya se puede contagiar de la simpática ingenuidad e inocencia que expresan las voces de las pobres criaturas.
Irrumpe la voz de la letra, «soy libre», pareja a la imagen de la fábrica de tanques de guerra, una buena antítesis, y en seguida, el mensaje: «por cada tanque que se fabrica en el mundo…», que deja paso a la imagen de la fábrica de amables ositos de peluche, «… se fabrican 131 mil peluches», imagen de niños gozando del canto. Se supone que este mensaje es tranquilizador pero tendríamos que comprobar cuántos millones de peluches se fabrican al día para ver la cantidad de tanques que circulan y esperan circular para que sus fabricantes obtengan suculentas sumas de dinero. Para mayor veracidad, estaría bien que añadiese que es precisamente en los países en los que la población no tiene nada de dinero para peluches donde más tanques se utilizan, también podría aludir a que no tiene nada que ver que la gente de un país esté pasando hambre con que ese mismo país compre tanques de guerra. Un dato muy importante que se le olvida es que todos los países firmantes en 2007 del Tratado de Lisboa europeo tienen la obligación de invertir cierta cantidad de artefactos armamentísticos anualmente, sin importar su estado social o económico.
En la segunda secuencia aparece el ajetreado y convulso interior de la Bolsa de Wall Street acompañado con las palabras «por cada Bolsa de Valores que se desploma…», un ejecutivo marginado y desolado entre papeles inservibles deja paso a un niño negro trajeado que baila y nos dedica una carcajada silenciosa, «… hay 10 versiones de “What a Wonderful World”»: comparación de un argumento emocional positivo, la risa del negrito, que aplasta a otro argumento, este sí racional, supuestamente negativo, la caída de la Bolsa, y digo supuestamente negativo porque las grandes cantidades de dinero que se mueven en la Bolsa no revierten en la sociedad, o… ¿alguien ha escuchado alguna vez: «gracias a las ganancias de la Bolsa, las comunidades recibirán mayor financiación, o se promoverá la creación de centros sociales, o se crearán más empleos, o los artículos de primera necesidad serán más baratos»? Improbable.
La siguiente secuencia se inicia con una mesa rebosante de billetes: «por cada persona corrupta…», que desaparece para transmitir el sentimiento de libertad que simbolizan los globos rojos inundando el cielo, «… hay 8 mil donando sangre». La dinámica es la misma en todas las secuencias: un mensaje negativo es solapado y banalizado por uno positivo. Esta vez el positivo sí que desprende fuerza emocional y racional: si una persona es capaz de donar sangre es porque tiene una empatía y una conciencia social importante: es el tipo de personas en las que puedes realmente confiar, el tipo de personas que, si el mundo dependiese de ellas, forjarían un sistema social saludable, y según el comercial el mundo está atestado de ellas: es esperanzador, sí. Pero estas personas de buena voluntad de ayuda social desgraciadamente no tienen ningún poder para influir en la estructura social, todo lo contrario a las personas corruptas: como cualquier espectador medio informado habrá comprobado, está de moda la corrupción en las altas jerarquías sociales: políticos, altos directivos, grandes empresarios, realeza, etcétera. Estos roles sociales sí que tienen la capacidad, y más aún, son las que tienen el deber de guiar y equilibrar la estructura social, por tanto, es esperanzador que haya tantos donantes de sangre, pero es altamente alarmante el nivel y cantidad de corrupción que fluctúa por los cargos sociales de mayor relevancia. Corrupción impune que corroe con su ejemplo las buenas voluntades con el desconcierto que emiten sus acciones.
Seguimos con el nuevo argumento: «mientras un científico diseña un arma nueva…», aparece un misil y le sigue una mujer cocinando una tarta, símbolo de bienestar, «… hay 1 millón de mamás haciendo pasteles de chocolate» (la expresión «mamá» ensalza la sensación de inocencia). Para mayor rigor, podría especificar que los avances científicos garantizan que el arma que está fabricando el científico se podría cargar a todas las mamás del mundo en segundos sin levantar una mota de polvo.
Continúa con la afirmación «en el mundo se imprime más dinero de Monopoly que dólares»: lo cual no quiere decir, o por lo menos no debería querer decir, porque sería de una hipocresía hiperbólica, que no hace falta dinero en el mundo.
Con la imagen de Google se emite el mensaje: «AMOR tiene más resultados que MIEDO». Se sobreentiende que el amor es una emoción preferible al miedo, pero, quizás los propietarios de la empresa creadora de este anuncio sean los que más faltos estén de amor cuando han con sus hechos demuestran que valoran más el dinero que la salud y la vida de las personas: en muchos países tercermundistas, desde hace décadas, han socializado la idea de que la coca cola, no famosa por sus propiedades saludables aquí en occidente, es más enriquecida en vitaminas que la leche, de modo que ahora muchas madres en proceso de lactancia sustituyen la leche por coca cola para alimentar a sus niños.
En conclusión este anuncio publicitario sólo promueve su producto desde un segundo plano, lo que realmente fomenta es una visión de futuro tan ciegamente esperanzadora que el receptor obtiene la licencia de despreocupación político social económica total, y además respaldada por estudios científicos realizados por una macroempresa de prestigio social: «basado en un estudio realizado en 2010 sobre la situación actual del mundo». En un minuto y treinta segundos, gracias a las emociones de inocencia, alegría, esperanza y optimismo por el presente y el futuro, que son la tónica dominante del comercial, el espectador ha sido persuadido irracionalmente de que los actos político social económicos positivos pesan más que los negativos, y por lo tanto no hay razón lógica para el pesimismo ni para la preocupación: el sistema funciona como tiene que funcionar, podemos seguir contribuyendo con nuestro consumo, podemos seguir aumentando el poder de los gigantes económicos. Eso sí, cuidado con estos titanes económicos, porque sus devastadores pasos demuelen la civilización.
Se cierra el anuncio: «Hay razones para creer en un mundo mejor», sí, las habrá, pero esas razones no nos las ofrecen ni los intereses ni las actitudes ni las razones de ser de ninguna multinacional como esta.
Aquí dejamos una reformulación del comercial, mucho más objetiva:
31/01/2012
La heroína en el punto de mira
He aquí una heroína globalizada, Rihanna, una encantadora de miradas y oídos: su presencia física es envidiada por divinidades, y su voz es capaz de estremecer objetos inertes. Tiene todo lo que necesita para ser apadrinada por las discográficas más prestigiosas del globo: el poder de la hipnosis de los sentidos, la atracción de la estética sensorial, la capacidad de imantar la mirada involuntaria de las masas.
Pero, por mucho que se enfatice en lo superficial, sí que importa el contenido, a las promotoras sí que les importa su ideología, porque la luz de los grandes medios, esa luz transmutadora de héroes sociales, sólo alumbra conciencias dúctiles y maleables, o bien susceptibles de corrosión moral, o bien de naturaleza ingenua irreversible. Si una heroína saliese con ideales rebeldes y le diese por hablar certeramente de temas sociales, tal como lo hicieron Bob Dylan o Bob Marley, aunque fuera dentro de un control, podría originar temblores en las bases del sistema, todo lo contrario a lo que se quiere.
Una vez adoctrinada por sus consejeros artísticos en los valores del sistema, sus deseos de ascender a las esferas de la grandeza y la opulencia la conducirán a firmar contratos a ojos cerrados con firmas y corporaciones: así la podemos ver en galas de premios internacionales, promocionando productos y marcas de lujo. Una vez consolidada como representante simbólica del éxito y la felicidad, se sitúa en la primera fila de las aspiraciones sociales blandiendo el estandarte de los valores vitales de todos sus seguidores, se alza como la representante de la victoria de las ambiciones y los deseos adolescentes. Se convierte en una pancarta de marcas y mercancías en mano de las empresas a las que ha vendido oficialmente su imagen, e implícitamente su alma.
Ahora es una marioneta en las manos titiriteras de las industrias monopolizadoras del entretenimiento y la cultura, cuyo objetivo no es meramente el deleite de las masas, no, cada vez da más igual que sus productos no sean de gusto y calidad, porque carecen de competidores: el público consumirá lo que haya de oferta y punto. Lo imperante hoy día para esta industria es educar con el ejemplo, marcar las sendas estilísticas que han de seguir las masas, los fans directos y los salpicados, señalar cuáles han de ser sus anhelos individuales, focalizar las preferencias que han de tener; en suma, su competencia es en última instancia la de enseñar a mirar y a ser mirados en el mundo. La profesionalidad de la industria del entretenimiento de las masas reside no tanto en vender como en esculpir las líneas que han de seguir los alumnos para adaptarse y ser felices en la sociedad.
Veamos concretamente qué consejos les ofrece Rihanna desde su videoclip a sus fans, entre los que predominan las adolescentes físicas y mentales, aunque la influencia en la preadolescencia lamentablemente también sea inevitable.
Pero, por mucho que se enfatice en lo superficial, sí que importa el contenido, a las promotoras sí que les importa su ideología, porque la luz de los grandes medios, esa luz transmutadora de héroes sociales, sólo alumbra conciencias dúctiles y maleables, o bien susceptibles de corrosión moral, o bien de naturaleza ingenua irreversible. Si una heroína saliese con ideales rebeldes y le diese por hablar certeramente de temas sociales, tal como lo hicieron Bob Dylan o Bob Marley, aunque fuera dentro de un control, podría originar temblores en las bases del sistema, todo lo contrario a lo que se quiere.
Una vez adoctrinada por sus consejeros artísticos en los valores del sistema, sus deseos de ascender a las esferas de la grandeza y la opulencia la conducirán a firmar contratos a ojos cerrados con firmas y corporaciones: así la podemos ver en galas de premios internacionales, promocionando productos y marcas de lujo. Una vez consolidada como representante simbólica del éxito y la felicidad, se sitúa en la primera fila de las aspiraciones sociales blandiendo el estandarte de los valores vitales de todos sus seguidores, se alza como la representante de la victoria de las ambiciones y los deseos adolescentes. Se convierte en una pancarta de marcas y mercancías en mano de las empresas a las que ha vendido oficialmente su imagen, e implícitamente su alma.
Ahora es una marioneta en las manos titiriteras de las industrias monopolizadoras del entretenimiento y la cultura, cuyo objetivo no es meramente el deleite de las masas, no, cada vez da más igual que sus productos no sean de gusto y calidad, porque carecen de competidores: el público consumirá lo que haya de oferta y punto. Lo imperante hoy día para esta industria es educar con el ejemplo, marcar las sendas estilísticas que han de seguir las masas, los fans directos y los salpicados, señalar cuáles han de ser sus anhelos individuales, focalizar las preferencias que han de tener; en suma, su competencia es en última instancia la de enseñar a mirar y a ser mirados en el mundo. La profesionalidad de la industria del entretenimiento de las masas reside no tanto en vender como en esculpir las líneas que han de seguir los alumnos para adaptarse y ser felices en la sociedad.
Veamos concretamente qué consejos les ofrece Rihanna desde su videoclip a sus fans, entre los que predominan las adolescentes físicas y mentales, aunque la influencia en la preadolescencia lamentablemente también sea inevitable.
Dada la obsesiva difusión de las emisoras de radio más populares, pocos oídos habrán eludido esta canción, me temo que sólo los de los cadáveres que estén enterrados a mayor profundidad. La letra no aguarda ninguna sorpresa, una vez más nos acecha el sopor de la monotonía del amor al estilo neoliberal, amor como poco más que sinónimo de sexo.
Sin embargo, el video sí que impacta como cubo de agua fría en mitad de una ventisca de invierno. Decir que el júbilo que transmite la música no debería encajar en las coordenadas temáticas del video, a menos que identifiquemos la alegría con los deseos enfermizos y con los estados convulsos de la conciencia: parece ser que ese es uno de los objetivos.
Se nos muestra la relación de la protagonista con su pareja, una relación en constante experimentación de emociones mórbidas, desmesuradas y obscenas, como actitud para evadirse desesperadamente de la realidad: del alcohol al riesgo y el dolor físico, de persecuciones policiales a gritos y expresiones de odio, del vandalismo en el supermercado al tatuado improvisado, de las ingesta de pastillas alucinógenas al sexo rabioso y violento, del desfase de una fiesta a las máquinas tragaperras, de la rabia al desconcierto, de la euforia a la angustia.
La necesidad de saltarse todas las barreras sociales y psicológicas expresa la sensación de vacío, desconcierto y caos que los protagonistas sienten ante la vida. La constante del video es la ida y venida de imágenes impactantes, grotescas e insalubres a velocidades variantes: cápsulas de colores, colocones, pupilas dilatadas, agresiones, sexo, incendios, giran en la pantalla hasta el mareo del espectador, lo cual subraya estado narcótico de los protagonistas.
Los excesos de las sustancias ingeridas conducen a la heroína a acabar la noche tirada entre la acera y la carretera de un barrio cuya inseguridad es connotada por la presencia ajetreada de la policía, lo cual rebaja su estatus social a la calidad de yonqui.
El video resulta ser una apología al hedonismo desorbitado y morboso. La única preocupación que la heroína expresa a sus fans es la búsqueda desesperada de placeres que superen la realidad, lo cual sólo se consigue mediante excesos, alucinógenos y actos social y psicológicamente censurables: esta es la actitud que la heroína ofrece como ejemplo de vida a sus fans, la ideología que la industria del entretenimiento quiere ver manifiesta en la mente de las masas.
05/02/12 01:23
Con el culo al aire, así nos quiere el sistema
Esta nueva producción es una comedia familiar, aunque sin gracia y censurable a menores, mezcla de realidad objetiva y absurdos impertinentes, que se cataloga en el género realista en la medida que muestra no una realidad existente, sino una realidad con altas probabilidades de factibilidad. Se ciñe obedientemente al contexto socio económico español de nuestros días, en el que la precariedad económica y laboral está desolando a las familias de recursos medios bajos, pero fuerza tendenciosamente la psicología y formas de vida de los personajes hacia la cosmovisión burguesa, filosofía antagónica al estatus social de sus personajes y a la del pueblo llano en general.
El argumento se basa en mostrar la convivencia de un grupo de individuos que, rechazados por el sistema debido a la crisis económica laboral, encuentran una forma de vida «asequible» y «alternativa» en un camping de ocio. En contraste con la realidad, la creación de nuevas comunidades, resulta tan verosímil como necesario dada la situación un sistema que está expulsando de sus confines a las masas medias. Pero, eso sí, tal renovación debería ir acompañada de unos principios ideológicos acordes a las nuevas formas de vida, y no estancarse en el pantano de los valores capitalistas, como les sucede a estos personajes.
La nueva comunidad, al pleno estilo de barrio caravanero estadounidense, fruto de la decadencia de las clases medias, lejos de cimentarse en principios de solidaridad, cooperación y empatía, necesarios para una convivencia armónica que se basa en el intercambio de servicios entre los vecinos, resurge analfabestiamente sobre un individualismo hermético que deriva en la rufianería: robos, chantajes, amenazas, envidias, desprecios, hipocresía, cinismo, adulterio, mamoneo y demás interactuaciones privadas de inteligencia social. Un ejemplo: la doctora, que se ve obligada a buscarse la vida allí porque, como dice un personaje «la han echao por lo de los recortes», sufre en sus carnes el abrasamiento del abuso de la comunidad: todos explotan su rol social, más que por necesidad, por ambición.
Si, como es el caso, la carencia de recursos es la causa para un cambio de vida drástico, lo lógico sería buscar estrategias que garanticen la seguridad de vida fuera del capitalismo depredador, es decir independencia alimenticia, energética y de bienestar. Pero a los personajes de la serie no les importa haber sido empujados por las escaleras del estatus social hasta un nuevo hampa legítimo, siguen alimentando al sistema que los excluye, siguen anhelando el consumo de bienes popularizados por la maquinaria publicitaria, como el iphone o las marcas de prestigio (incongruentemente pues el protagonista afirma que «han inventado fórmulas para no necesitar dinero»), y siguen aspirando a los privilegios materiales y simbólicos de las altas burguesías: no tienen recursos para una vivienda, pero sí para un equipo inmobiliario ampuloso, superficial y ostentoso.
Los vecinos aspirantes a pijos, modelo ejemplar de «familia que vive por encima de sus posibilidades», son el estereotipo clásico del personaje de las series de tv: su única preocupación es el «qué dirán» y su única pretensión es aparentar tener, no importa ser. Se escandalizan cuando ven un bolso de imitación aunque afirman no tener dinero ni para gasolina (la exaltación al consumo de grandes marcas es una característica de las cadenas de tv muy significativa, y esta serie no es ninguna excepción). La posesión de un mercedes no les supone un freno para explotar mediante el chantaje a los más necesitados, cualidad propia de la enfermedad mental llamada psicopatía.
El efecto consecuencia de la recepción social de esta serie es el de un didactismo degradante, degenerativo, autodestructivo, pues a pesar de ser una serie familiar en la que los niños tienen su lugar, hay tiempo y espacio para todo tipo de adicciones que contribuyen a la normalización: alcohol, porros, incluso anfetaminas (No deja de llamar la atención hasta la incomprensibilidad que la protagonista de la adicción a éstas últimas sea la mismísima doctora). Los más pequeños de la familia que se expongan a la obra también presenciarán escenas de sugerencia y denotación sexual tan vergonzosas y sobrantes como su propia pronunciación, mamadas, pajas, además de alusiones verbales de mayor envergadura tabú. Secuencias como la que aparece la misma doctora rebuscando en un contenedor de basura mientras se dice «mírala, tanto estudiar para acabar así» son una fuerte antimotivación para la alfabetización de las nuevas generaciones.
Toda la cadena de incongruencias no es, ni mucho menos, fruto de negligencias artísticas por parte de los creadores. Para llegar al fondo del asunto hay que tirar del hilo del capital: si llegamos a resolver el secreto de quién financia la producción y cuáles son sus intereses, nos toparemos con que no estamos sentados a una serie de entretenimiento, sino ante un circo propagandístico: la realidad que se nos muestra no es otra que la que se desea por los patrocinadores, la forma de pensar y de actuar de los personajes es la que se espera de las masas. Es otro de los hechizos que nos lanza el poder para mantenernos en estado de hipnosis y así conducirnos cual rebaños de ovejas con ojos vendados.
En definitiva, para observar la obra con espíritu crítico es necesario situarse en la óptica de la teoría de la programación predictiva «los medios son usados para condicionar a las masas sobre cambios sociales planeados por nuestros líderes, para que cuando estos cambios se implementen sean recibidos como «una progresión natural» dentro del zurcido invisible del espacio mediático en el que estamos inmersos y de esta forma se disminuya la oposición a estos cambios. La idea es que de esta forma se propaga una infalible ilusión de que así será el mundo y así nosotros lo creamos, más allá de que esto fuera a suceder o no».

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