viernes, 19 de julio de 2013

El despertar del bienestar



Nos dieron el somnífero del bienestar, nos durmieron para tomar el control de la realidad. Nos hicieron soñar que la Historia había llegado a ese tan esperado tiempo de paz en el que nunca volverían a suceder los horrores del pasado. La civilización había dado el paso decisivo, había evolucionado para siempre, el hombre civilizado por fin viviría en paz junto al hombre:
- Bienvenidos, hombres, a la edad del bienestar, edad en la que la miseria, la precariedad, la barbarie y el hambre han quedado enterrados en el pasado. La única opción es ir a mejor, no hay alternativa. Así que relájense, acomódense, duérmanse. El timón de la Historia está en buenas manos. Llegó el momento de la prosperidad ilimitada, el momento del gran confort, de la opulencia repartida. Despreocúpense, no miren atrás, no miren a su alrededor, no miren al futuro. Agachen la cabeza, pongan la vista en su ombligo y disfruten de todo exceso que quede a su alcance. Nosotros, padres protectores en el poder, nos encargaremos de conducir a la Historia, guiaremos a la civilización por el buen camino, el camino progreso global, el único camino -.
Pero algunos empezamos a intuir un estruendo a lo lejos que nos despertó, un sonido ensordecedor que iba acercándose a nuestro mundo. Comenzamos a entreabrimos los ojos y miramos por las cerraduras del poder: nos percatamos de la existencia de una gran maquinaria que servía para inducir al sueño: nuestro descanso no era real, era prefabricado. Abrimos los ojos para siempre, salimos del apacible sueño inducido y nos vimos insertos en la trama de la realidad. La Historia no había acabado. Simplemente habíamos pasado a un nuevo capítulo. Pero la guerra continuaba, esta vez en modo virtual. Una cruenta guerra invisible destinada a alcanzar hasta el último confín del mundo, una guerra en la que los muertos eran muertos por inanición, las torturas eran psicológicas, las víctimas por explotación, las armas económicas, las causas políticas. Una nueva guerra fría dividida en dos bandos:
A un lado, los de abajo, las mayorías sociales, el mayor ejército del mundo. Pero eso sí, un ejército durmiente, distraído, enjugascado, desprovisto de armas de combate, fragmentado, dividido, ocupado en nimios conflictos. Al otro lado, el bando de arriba, posicionado cual francotirador, organizado desde hace siglos, surtido de los más avanzados artefactos de combate: tecnología de vanguardia, leyes redactadas, centros de producción, armas de persuasión, ejércitos militares, intelectuales a sueldo, jueces amigos, políticos comprados y sobre todo, dinero, mucho dinero.
Esto es lo que vimos cuando despertamos. Los cañones de la legalidad disparaban todos los días contra nuestra calidad de vida, los misiles del poder reventaban sobre nuestros avances sociales, el sonido de las bombas mediáticas reprimía la evolución espiritual de la sociedad. Nuestra vida era un paseo por un campo de minas en la que a cada paso iban explotando derechos históricos.
Los que despertamos empezamos a correr gritando, confundidos, desesperados. Enchufamos todas las alarmas para despertar a los demás. Pero el sueño del confort es demasiado profundo. Algunos comienzan a descubrir que ciertamente todo es un sueño, pero por temor al ruido de la guerra no quieren despertar. Otros insisten en que su sueño es la pura realidad y a los despiertos nos llaman pesimistas, locos, conspiranoicos. Otros dicen que el sueño es la única forma de vida posible y nos llamaron idealistas, ilusos, soñadores, creyendo que la vida en el sueño les mantendrá a salvo de la guerra. A pesar de todo, muchos otros van despertando y a su vez van despertando a otros.
Y todos juntos nos encontramos con los que nunca han caído en el sueño del bienestar, o los que llevan ya tiempo levantados, expertos que nos instruyen con la verdad, nos disciplinan en la razón, nos enseñan el arte de la resistencia.
Ahora sabemos que la única salvación pasa por susurrar a los oídos de los durmientes: organicémonos, esto es la guerra.


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