El capitalismo
financiero ha prendido a la civilización con la antorcha de la usura. Las
llamas se propagan por la economía, la política, la sociedad, la comunicación:
los cuatro poderes se funden en el caldero del capital. Los engranajes del
mercado global, enrojecidos como diablos, a su paso carbonizan: a las personas,
a los animales, a los vegetales, reduciéndolos a ascuas, recursos de comprar y
tirar. El fuego del libre mercado, provocado desde las altas esferas, incinera a
los espíritus, consumiendo su esencia en brasas: a los de los pueblos, en piras
inquisidoras; y a los del poder, en la hoguera de la codicia. El capitalismo
pirómano celebra pirotecnias de derechos humanos que estallan como fuegos
artificiales y se desvanecen entre los valores del mercado. La solidaridad por la
otredad se evapora en espeso y negro humo que anega a las conciencias de
confusión vital. El aire se lleva a la dignidad humana, calcinada, como a las cenizas
del volcán. La resignación de los buenos es la maleza que alimenta las llamas
de este incendio civilizatorio y la indiferencia el clima que lo permite.

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