martes, 24 de septiembre de 2013

De los que se hacen los ciegos.

Dicen que no hay más ciego que el que no quiere ver. En efecto. Conozco el caso de personas que, sin ser ciegos, llevan los ojos cerrados. Aprietan los párpados con fuerza para que no les entre ni un sólo resquicio de luz. No quieren ver. Porque saben que si abren los ojos se darán cuenta de que el mundo es un vertedero que hay que limpiar. Y no quiere limpiar. Si abren los ojos confirmarán que sus ídolos son grandes señores de la contaminación. Y no quiere cambiarlos. Si abriesen los ojos tendrían que renunciar a sus sueños, que están hechos de humo. Y no quieren renunciar a ellos, porque no tienen otros. Si abriesen los ojos comprobarían que su padre protector es un tirano. Y entonces tendrán que emplear todas sus energías en emanciparse de él. No habría excusas. Demasiado riesgo. Demasiado incómodo.
Los que llevan los ojos apretados, cuando se despistan y los abren un poco, intuyen que viven en una ficción. Pero al fin y al cabo una ficción compartida por muchos. Una ficción casi real. De modo que vuelven a presionar los párpados con fuerza rezando por que la realidad se convierta en su ficción para siempre.
Al llevar los ojos cerrados no ves la luz, así que tampoco ves el vertedero, no ves los gases tóxicos que contaminan el ambiente, no ves las enfermedades que provocan los desperdicios. De modo que no hay que limpiar, no hay que preocuparse. Piensan que se limpiará sólo, o que lo limpiarán otros, o que simplemente no les afectará. Con los ojos cerrados, todo es más sencillo.
Pero, eso sí, poco a poco el hedor putrefacto de la basura se va haciendo insoportable. Y se puede vivir con los ojos cerrados, pero no con la nariz tapada.


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