Dicen que no
hay más ciego que el que no quiere ver. En efecto. Conozco el caso de personas
que, sin ser ciegos, llevan los ojos cerrados. Aprietan los párpados con fuerza
para que no les entre ni un sólo resquicio de luz. No quieren ver. Porque saben
que si abren los ojos se darán cuenta de que el mundo es un vertedero que hay
que limpiar. Y no quiere limpiar. Si abren los ojos confirmarán que sus ídolos
son grandes señores de la contaminación. Y no quiere cambiarlos. Si abriesen
los ojos tendrían que renunciar a sus sueños, que están hechos de humo. Y no
quieren renunciar a ellos, porque no tienen otros. Si abriesen los ojos comprobarían
que su padre protector es un tirano. Y entonces tendrán que emplear todas sus
energías en emanciparse de él. No habría excusas. Demasiado riesgo. Demasiado
incómodo.
Los que
llevan los ojos apretados, cuando se despistan y los abren un poco, intuyen que
viven en una ficción. Pero al fin y al cabo una ficción compartida por muchos.
Una ficción casi real. De modo que vuelven a presionar los párpados con fuerza
rezando por que la realidad se convierta en su ficción para siempre.
Al llevar los
ojos cerrados no ves la luz, así que tampoco ves el vertedero, no ves los gases
tóxicos que contaminan el ambiente, no ves las enfermedades que provocan los
desperdicios. De modo que no hay que limpiar, no hay que preocuparse. Piensan
que se limpiará sólo, o que lo limpiarán otros, o que simplemente no les
afectará. Con los ojos cerrados, todo es más sencillo.
Pero, eso sí,
poco a poco el hedor putrefacto de la basura se va haciendo insoportable. Y se
puede vivir con los ojos cerrados, pero no con la nariz tapada.

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