jueves, 8 de agosto de 2013

Los señores virtuales




Los pueblos ni siquiera sospechábamos de su existencia. Pensábamos, así nos lo hicieron creer, que lo que hacía subir los precios era la evolución natural de la historia; que cuando había escasez de trabajo era porque nadie podía crearlo; que cuando las personas no tenían un techo para vivir o cuando no podían comer a diario era porque, por desgracia, no había alternativa.
Nadie sospechaba que, en los más altos rascacielos, el ejército de ejecutivos bursátiles trabajaba para una clase social invisible, nunca vista por la calle, nunca aparecida en televisión. Los señores virtuales habían introducido sus finanzas por las rendijas de los parlamentos apoderándose de los instrumentos de poder. Poco a poco, se habían hecho con los medios para producir los bienes (que ellos utilizaban como mercancía), habían configurado la cultura de los pueblos acorde a sus intereses, habían succionado toda la riqueza y en su lugar habían colocado una losa inamovible de deuda. Poco a poco así se hicieron dueños de los pueblos, los amos virtuales del mundo.
Pero un día los pueblos intuimos su existencia, y comenzamos a ponerles rostro, quitándoles el poder de la invisibilidad, comenzamos a desenmascarar a su ejército de embaucadores. Entonces supimos que sí que había alternativa. Ahora simplemente tocaba recuperar el parlamento, arrebatarles lo robado, condenarles por crímenes contra la humanidad y comenzar de nuevo a escribir las reglas del juego.


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