Los pueblos
ni siquiera sospechábamos de su existencia. Pensábamos, así nos lo hicieron
creer, que lo que hacía subir los precios era la evolución natural de la
historia; que cuando había escasez de trabajo era porque nadie podía crearlo;
que cuando las personas no tenían un techo para vivir o cuando no podían comer
a diario era porque, por desgracia, no había alternativa.
Nadie
sospechaba que, en los más altos rascacielos, el ejército de ejecutivos bursátiles
trabajaba para una clase social invisible, nunca vista por la calle, nunca
aparecida en televisión. Los señores virtuales habían introducido sus finanzas
por las rendijas de los parlamentos apoderándose de los instrumentos de poder.
Poco a poco, se habían hecho con los medios para producir los bienes (que ellos
utilizaban como mercancía), habían configurado la cultura de los pueblos acorde
a sus intereses, habían succionado toda la riqueza y en su lugar habían
colocado una losa inamovible de deuda. Poco a poco así se hicieron dueños de
los pueblos, los amos virtuales del mundo.
Pero un día
los pueblos intuimos su existencia, y comenzamos a ponerles rostro, quitándoles
el poder de la invisibilidad, comenzamos a desenmascarar a su ejército de
embaucadores. Entonces supimos que sí que había alternativa. Ahora simplemente
tocaba recuperar el parlamento, arrebatarles lo robado, condenarles por
crímenes contra la humanidad y comenzar de nuevo a escribir las reglas del
juego.
