Mi vida
cambió tras leer el libro El Secreto.
Él me enseñó la ley de la atracción. La realidad depende de nuestros
pensamientos. Nosotros creamos la realidad con nuestros pensamientos. Nuestros
pensamientos están formados por una energía magnética capaz de atraer a
nuestras vidas todo aquello que seamos capaces de imaginar. Todo es cuestión de
educar nuestra mente a producir pensamientos positivos.
Cuando leí el
libro estaba estudiando primer curso de Administración y Dirección de empresas.
Qué mal gusto tuve al elegir tal carrera. No me gustaban las asignaturas y
menos su contenido. Sufrí una profunda crisis existencial. Pero como aprendí
con El Secreto, toda crisis es una
oportunidad, cuanto mayor sea la crisis, mayor la oportunidad.
Fue el
momento oportuno para comenzar a reeducar mi mente. Me propuse cambiar mi
actitud frente a mis estudios. Decidí darle la vuelta a todos mis pensamientos
negativos. Cada vez que tenía que estudiar estrategias empresariales (con toda
su incomprensible y oscura terminología, con todas sus complejas y absurdas
fórmulas matemáticas, con todo lo inútil que resultaba para mi vida inmediata)
me decía: «Estupendo. Me encanta estudiar estrategias empresariales. Me resultan
muy divertidas. Y muy útiles para mi vida diaria. Seguro que me ayudan incluso a
ligar con Cintia. Todo es cuestión de ponerse. Soy un afortunado por poder estudiar
estrategias empresariales. Me encanta». Entonces, me sentaba en el escritorio rodeado
de montones de libros y apuntes que me repugnaban. Lo cual me obligaba a
repetirme una y otra vez: «Me encantan. Me pasaría la vida con estos libros
infumables… digo… sencillos y estos despreciables… digo… adorables apuntes. No
me apetece nada salir con los colegas a tomarme unas birras, charlar y reírnos.
Quiero estar aquí, encerrado con mis libros y apuntes. Lo deseo. Lo deseo. Lo
deseo». Y así me pasaban las tardes de estudio.
Cuando llegó
la época de exámenes me di cuenta de que no había estudiado nada. Me había
concentrado en obligarme a que me gustase estudiar. Lo cual me quitó todo el
tiempo de estudio. Así que decidí ir un paso más allá con las enseñanzas de El Secreto. No debía invertir mis
pensamientos en cambiar mi actitud. Simplemente debía cambiar la realidad con
mis pensamientos. Para que una realidad se materialice sólo hay que
visualizarla con todas tus fuerzas. Cerrar los ojos y concentrarte en la
realidad que quieres que sea creada, imaginarla como si ya fuese realidad.
Tienes que sentir las emociones, oler los aromas, ver los colores, sentir el
tacto de la realidad. Cuanto más real sea tu visualización, más probabilidades
existen de que la realidad se materialice.
De modo que
las dos semanas de exámenes no toqué un solo libro ni apunte. Bueno sí, el
primer día los toqué para cerrarlos y no volverlos a abrir. Dediqué todas las
horas de estudio a visualizar los exámenes aprobados. Cada tarde, después de la
siesta, me sentaba en el suelo en pose de meditación. Cerraba los ojos y me
visualizaba a mí mismo viendo mis exámenes aprobados frente al ordenador. Me
sentía feliz y contento. Iba a ver a mis padres para comunicarles la buena
nueva. Se alegraban, estaban orgullosos de mí. Me daban dinero en forma de
premio. Todo eran sonrisas. Cuando llegaba a clase algunos profesores me
felicitaban por los buenos resultados. Los compañeros de clase me admiraban.
Todos querían estar conmigo. Mis colegas me preparaban una fiesta sorpresa en
la que venía Cintia y me llevaba a su casa, a su habitación, a su cama… En
todas cada una de mis meditaciones, largas e intensas, podía tocar el éxito,
oler la armonía, ver el bienestar, respirar felicidad.
Por fin pasaron las dos semanas de exámenes. Todos suspendidos. Me vine
abajo. ¿Por qué no habían hecho efecto mis visualizaciones? ¿Habría dedicado
poco tiempo? ¿Será que tenía que haber empezado a visualizar meses antes? En
cualquier caso busqué ayuda en El Secreto
y una vez más me dio la respuesta a mis problemas. Llegué a la conclusión de
que no era momento para venirse abajo, había que esforzarse por buscar el lado
positivo de las cosas. No me gustaba la carrera y además lo había suspendido
todo. Era el momento de dejarla y comenzar una nueva etapa de mi vida.
